Estrés
Estrés bueno y estrés que quema: cómo notar la diferencia
Por Cristina Conesa Romero · 5 min de lectura
El estrés no es siempre el villano. En su justa medida nos ayuda a responder; el problema aparece cuando se queda encendido sin descanso.
El estrés agudo puede ser útil
Ante un reto puntual (un examen, una entrevista, una fecha de entrega), el cuerpo se activa para rendir: más energía, más foco, más rapidez. Hasta cierto punto, esa activación mejora el rendimiento. Es estrés al servicio de algo, y cuando el reto pasa, el cuerpo vuelve a la calma.
El estrés crónico desgasta
La cosa cambia cuando la activación no baja nunca: la sensación de ir siempre a contrarreloj, la exigencia sostenida, las preocupaciones que no paran. Mantener el cuerpo en alerta durante mucho tiempo pasa factura al sueño, al estado de ánimo, a la concentración y a la salud física. Si se prolonga, puede derivar en agotamiento (lo que se conoce como burnout).
Señales de que se te está yendo de las manos
Algunas pistas frecuentes: cuesta dormir o desconectar, más irritabilidad, cansancio que no se va con el fin de semana, molestias físicas sin causa clara, sensación de estar siempre "a tope". No son debilidad: son avisos de que el sistema necesita recuperarse.
Lo que más ayuda: recuperarte, no solo aguantar
La clave no es exprimirse más, sino cuidar la recuperación: dormir lo suficiente, meter pausas reales en el día, moverte, poner límites a lo que te sobrecarga y darte permiso para descansar sin culpa. El descanso no es lo que haces cuando ya no puedes más; es parte del trabajo de estar bien.
¿Te ha resonado?
Si quieres trabajar esto con acompañamiento, podemos vernos en una primera sesión.
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